Rafael — El hombre de la carretilla

Otro Mundo | Historias de Lanzarote

Compramos nuestra casa en Guatiza hace cuatro años, pero no fue hasta hace algo más de tres cuando nos mudamos a Lanzarote.

Por aquel entonces, no teníamos ni idea de que la casa había pertenecido al herrero del pueblo.

No se la compramos a él, por supuesto. Los anteriores propietarios eran ingleses, y sospecho que sabían tan poco de la historia de la casa como nosotros.

Rafael, nuestro vecino de al lado, fue una de las primeras personas que conocimos al instalarnos en Guatiza. De hecho, creo que lo conocimos el primer día.

A los demás vecinos los fuimos conociendo poco a poco, durante las semanas y los meses siguientes. Pero Rafael estuvo ahí desde el principio.

Buenos días. ¿Qué tal?

Unas palabras, una sonrisa, a veces una pequeña conversación. Nada extraordinario. Simplemente esos pequeños encuentros de los que van naciendo las relaciones entre vecinos.

Pero, al cabo de un tiempo, empecé a fijarme en algo.

Casi todos los días, Rafael empuja su carretilla camino de su pequeño terreno.

A veces cuida las parras. Otras planta verduras, limpia algo, arregla alguna cosa o sencillamente encuentra otro trabajo que hacer.

Siempre está ocupado.

Empecé a preguntarme de dónde sacaba tanta energía.

Nunca le he oído quejarse. Ni de la edad, ni del trabajo, ni del tiempo. Simplemente hace lo que tiene que hacer.

Y, desde luego, motivos para quejarse de nosotros no le faltaron.

Durante casi dos años estuvimos reformando nuestra casa. Cualquiera que haya pasado por una reforma importante sabe lo que eso significa: polvo, ruido, entregas de materiales, obreros y trabajos que parecen no terminar nunca.

En una ocasión, una perforadora pasó tres días seguidos abriendo un agujero de cuarenta metros de profundidad para nuestro sistema de aguas residuales.

Tres días perforando.

Rafael vive justo al lado.

Nunca se quejó.

En lugar de eso, nos traía fruta de su huerto. Verduras que él mismo había cultivado. Siempre había un saludo amable, una palabra cariñosa, un momento para charlar.

Nunca le dio importancia a nada de aquello.

Así es Rafael.

Y, poco a poco, empezó a picarme la curiosidad.

¿Quién era aquel hombre? ¿Qué había vivido? ¿De dónde sacaba tanta energía? ¿Qué le hacía tomarse la vida con aquella aparente tranquilidad?

Siempre me han interesado las personas cuyas historias rara vez aparecen en los libros. No necesariamente personas famosas, ni gente que haya conseguido algo que el mundo considere extraordinario. Simplemente personas corrientes que han vivido lo suficiente como para tener algo que contar.

Finalmente, decidí hacer algo que nunca había hecho.

Le pregunté a Rafael si podía entrevistarlo.

No soy periodista. Nunca había entrevistado a nadie en mi vida y tampoco estaba del todo seguro de saber cómo hacerlo.

Pero quería escucharlo.

No para rendirle un gran homenaje ni convertirlo en una leyenda local. Sospecho que semejante idea le haría bastante gracia.

Quería conocerlo un poco mejor. Y quizá, a mi manera, darle las gracias por las frutas y las verduras, por su paciencia durante nuestra reforma, por los incontables buenos días y por la amabilidad que nos ha demostrado desde que llegamos.

No sabía que aquella conversación me llevaría más de setenta años atrás.

A una Lanzarote muy distinta.

Y a un niño de doce años al que le encantaban las matemáticas, pero que tuvo que ponerse a trabajar.

Doscientas pesetas

Rafael nació en Arrecife en 1942, tres años después del final de la Guerra Civil española.

En la familia eran seis hermanos. Cuatro chicas y dos chicos. Su padre era policía municipal, su madre se ocupaba de la casa y el dinero tenía que alcanzar para muchas cosas.

A los doce años, Rafael empezó a trabajar en una tienda de ropa que también tenía un surtidor de gasolina.

Ganaba 200 pesetas al mes.

Cuando me lo cuenta, le pregunto cuánto sería eso en euros.

—Un euro y pico —me responde.

Técnicamente, tiene razón. Con el tipo de cambio fijo que se estableció cuando España adoptó el euro, 200 pesetas equivalen aproximadamente a 1,20 euros.

Por supuesto, eso no nos dice prácticamente nada sobre lo que se podía comprar con aquel dinero en los años cincuenta. Pero escuchar la cifra me hace detenerme un momento.

Doce años.

Intento imaginármelo por la mañana, quizá con ganas de quedarse un rato más en la cama. Quizá pensando en los otros niños, en los juegos a los que podría haber jugado, en las clases a las que podría haber asistido.

No sabemos qué le pasaba por la cabeza.

Solo sabemos que iba a trabajar.

Más tarde, su padre abrió un pequeño bar cerca de la estación de guaguas de Arrecife. Rafael se incorporó al negocio familiar y acabaría pasando más de cincuenta años trabajando detrás de aquella barra.

Se ríe al recordar lo pequeño que era.

Apenas llegaba al mostrador.

Su madre preparaba pequeñas tapas. Su padre ayudaba cuando no estaba de servicio como policía y a veces lo relevaba para que Rafael pudiera salir o jugar al fútbol.

Pero las jornadas eran largas.

Cuando fue creciendo, Rafael empezó a levantarse a las cinco de la mañana. Algunos días trabajaba hasta las dos de la tarde. Otros, cuando no había nadie que pudiera sustituirlo, se quedaba hasta las nueve de la noche.

Y aquello no era una jornada excepcional. Era su vida.

Cuando le pregunto cómo llegó a acostumbrarse a trabajar tanto, no me da una explicación complicada.

—Es mi manera de ser.

Después añade que lleva trabajando desde los doce años.

Como si eso lo explicara todo.

Quizá sea así.

Cuando la gente tenía muy poco, pero compartía lo que tenía

La Lanzarote que Rafael recuerda de su infancia resulta difícil de reconciliar con la isla que conocemos hoy.

Había cartillas de racionamiento. Escaseaban los alimentos y los productos básicos. La electricidad solo estaba disponible durante determinadas horas, generalmente por la tarde o por la noche.

Los frigoríficos no formaban parte de la vida cotidiana de las familias.

Recuerda que en los bares enfriaban las bebidas en grandes recipientes llenos de hielo que llegaba de una fábrica. La carne se conservaba en sal. Se cocinaba con fuegos sencillos, después con cocinillas de mecha y, finalmente, con gas.

Hasta el combustible podía desaparecer.

Si el barco que traía los suministros desde Las Palmas se retrasaba por el mal tiempo, Lanzarote sencillamente tenía que arreglárselas sin ellos.

El agua era otra preocupación constante.

Llovía poco, los pozos y los aljibes eran fundamentales y cada gota tenía una utilidad. La gente recogía toda el agua que podía y aprendía a cultivar con cantidades sorprendentemente pequeñas.

Sin embargo, cuando Rafael habla de aquellos años, no se limita a recordar lo que faltaba.

Recuerda a las personas.

Y aquí es donde nuestra conversación empieza a resultarme especialmente interesante.

Me habla de una época en la que los vecinos se ayudaban sin esperar que se les pagara cada hora de trabajo.

En el campo existía una tradición llamada peonadas.

Si alguien necesitaba ayuda para plantar cebollas, acudían los vecinos. Hoy trabajaban en tu terreno; mañana todos ayudaban a otra persona. Al día siguiente, quizá a otra familia.

El trabajo iba pasando de una casa a otra.

Después podía haber una comida compartida, quizá un sancocho o un tollo, algo de queso y unos vasos de vino.

Era un trabajo duro, pero también una forma de sentirse parte de una comunidad.

Y Rafael recuerda algo más: las personas podían contar unas con otras sin creerse con derecho a meterse en la vida ajena.

Respetaban los límites.

No hacía falta conocer todos los detalles de la vida privada de un vecino para estar allí cuando necesitaba ayuda.

Esa distinción se me queda grabada.

Porque a veces confundimos la vida en comunidad con la necesidad de estar constantemente pendientes de los asuntos de los demás. Rafael describe algo más discreto: saber cuándo echar una mano y cuándo dejar a alguien tranquilo.

Quizá por eso pienso en la paciencia que tuvo durante nuestra reforma.

No necesitaba convertirse en nuestro mejor amigo para ser un buen vecino.

Simplemente lo era.

El niño que quería aprender

De todo lo que Rafael me cuenta, hay algo que parece tener un peso especial.

Le encantaba la escuela.

Sobre todo, las matemáticas.

Recuerda que era un alumno excelente, que sacaba las mejores notas. Más de setenta años después, sigue hablando de los números con el entusiasmo de alguien que disfruta de verdad con ellos.

También recuerda a su maestro.

Don Manuel, un hombre de Galicia, le enseñó a leer, a escribir y las cuatro operaciones básicas de la aritmética.

Rafael recuerda su nombre completo, aunque no puedo asegurar que lo haya transcrito correctamente.

Pensemos en eso un momento.

Un hombre de ochenta y cuatro años que recuerda el nombre del maestro que le enseñó cuando era niño.

Habla de don Manuel con un cariño inconfundible.

También recuerda una lección que lo acompañó durante toda su vida: los seres humanos deberíamos aprender de las hormigas, que recogen alimento mientras pueden para tener reservas cuando llega el invierno.

Quizá sea una enseñanza sencilla. Pero más adelante descubriremos hasta qué punto Rafael se la tomó en serio.

Su etapa escolar terminó cuando tenía doce años.

No porque le faltara capacidad.

No porque hubiera perdido el interés.

Tenía que trabajar.

Pero su curiosidad no desapareció.

Después del trabajo, asistía a clases particulares con una joven cuya familia conocía a su padre. Ella estaba estudiando para ser maestra y lo ayudaba con las matemáticas y otras materias.

No le cobraba nada.

Le enseñaba por amistad.

Una vez más, la conversación vuelve a aquel mundo de ayuda mutua que parece haberse ido perdiendo.

Imagino a Rafael después de una larga jornada de trabajo, sentándose a estudiar cuando podría haber estado haciendo casi cualquier otra cosa.

Nadie lo obligaba a asistir a aquellas clases.

Quería aprender.

Y, en realidad, nunca dejó de querer hacerlo.

Hacia el final de nuestra conversación, le pregunto si hay algo de lo que se arrepienta en la vida.

Su respuesta es inmediata.

No haber podido seguir estudiando.

Especialmente matemáticas.

Todavía disfruta haciendo cálculos. Habla de porcentajes, de números, de administrar el dinero. Se nota el placer en su voz.

Y no puedo evitar preguntarme qué habría ocurrido si aquel niño de doce años hubiera nacido en otras circunstancias.

¿Y si alguien le hubiera dicho que su talento era más importante que la necesidad inmediata de ganar dinero?

¿Y si hubiera podido continuar sus estudios?

¿Se habría convertido en ingeniero? ¿En matemático? ¿En maestro?

Nunca lo sabremos.

Y eso es precisamente lo que me inquieta de las oportunidades perdidas.

Solemos pensar en ellas como cosas que, sencillamente, no sucedieron. Pero a veces son vidas enteras que nunca tuvieron la oportunidad de comenzar.

Rafael no se detiene en estas preguntas como lo hago yo.

En cambio, me habla de su hijo.

Cuando se casó con Elena, que era maestra, tomó una decisión. Si tenían un hijo, ese hijo estudiaría.

Estaba decidido a que tuviera la oportunidad que a él le había faltado.

Y su hijo estudió.

Se hizo ingeniero.

Cuando le pregunto a Rafael si está orgulloso de él, su respuesta no deja lugar a dudas.

Muchísimo.

Más tarde, cuando le pregunto qué ha sido lo más importante de su vida, no menciona el bar, el dinero que ganó ni las propiedades que consiguió.

Ser padre.

Esa es su respuesta.

Y, de repente, la historia del niño que no pudo seguir estudiando parece un poco menos inacabada.

No porque su hijo sustituya de algún modo la vida que Rafael podría haber tenido.

Sino porque Rafael encontró la manera de darle a alguien a quien quería la libertad que a él le habían negado.

La universidad detrás de la barra

Puede que la educación formal de Rafael terminara a los doce años.

Pero empiezo a sospechar que su aprendizaje nunca terminó realmente.

Simplemente cambió de lugar.

En vez de un aula, estaba la barra de un pequeño bar cerca de la estación de guaguas de Arrecife.

En vez de maestros, estaban las personas que entraban después del trabajo.

Agricultores. Hombres que conocían la tierra, las estaciones, el viento y las parras.

Rafael servía bebidas, llevaba comida y recogía vasos.

Y escuchaba.

Las conversaciones giraban en torno a los viñedos, a la lluvia que podía llegar o no, al momento adecuado para podar, a la extraña manera en que el suelo volcánico conserva la humedad.

Y a la luna.

Porque hasta la luna tenía su lugar en las tradiciones agrícolas de Lanzarote.

Rafael me cuenta que, tradicionalmente, las parras se podan en febrero, durante la luna menguante.

Es una costumbre transmitida de generación en generación, no una regla que él pretenda haber demostrado científicamente.

Me explica la importancia del picón, o rofe, esa grava volcánica oscura que ayuda a conservar la escasa humedad del suelo.

Me habla de los zocos, los muros bajos de piedra que se construyen para proteger las parras del viento incansable.

Y conoce la tradición de abrir el vino joven el 29 de noviembre, día de San Andrés.

Nada de aquello lo aprendió en una escuela de agricultura.

Cuando le pregunto quién le enseñó a hacer vino, su respuesta es maravillosamente sencilla.

Preguntaba a los mayores.

Ellos hablaban en el bar. Él escuchaba. Recordaba. Y después probaba las cosas por su cuenta.

Me encanta.

Aquel niño que tanto había querido seguir en la escuela había encontrado otra manera de aprender.

Aprendía casi sin darse cuenta, mientras se ganaba la vida.

El conocimiento pasaba de una generación a otra, a veces entre las parras, a veces alrededor de un vaso de vino y a veces al otro lado de la barra de un pequeño bar de Arrecife.

Y Rafael recordaba.

Porque sabía escuchar.

Me viene a la cabeza Vicenta, otra mujer cuya historia forma parte de Otro Mundo.

Ella hablaba de la importancia de aprender a escuchar y observar antes de intentar hablar con conocimiento.

Dos personas distintas. Dos vidas diferentes.

Y, sin embargo, algo sorprendentemente parecido.

Quizá esa sea una de las razones por las que disfruto tanto hablando con Rafael.

Cuando él habla, yo quiero escuchar.

Un hombre de Arrecife que aprende de la tierra

Rafael se apresura a decirme que no es un agricultor de verdad.

—Yo soy de Arrecife —insiste.

Habla con admiración de quienes nacieron en el campo, crecieron trabajando la tierra y la entienden de manera instintiva.

Él se considera un aficionado.

Alguien a quien, sencillamente, le gusta mantenerse ocupado.

Esa modestia me resulta bastante entrañable, sobre todo cuando empieza a explicarme todo lo que sabe sobre sus parras.

El terreno que cultiva actualmente perteneció originalmente a su suegro.

Con los años, Rafael lo fue transformando, pagó la construcción de los muros de piedra y desarrolló el viñedo.

Buena parte de lo que aprendió procedía de aquellas conversaciones que escuchaba décadas atrás en el bar.

Pero no se guía exclusivamente por la tradición.

Habla de la limpieza en la elaboración del vino, de los trasiegos para eliminar los sedimentos y de llevar muestras a un laboratorio para analizarlas.

En su mundo, los conocimientos antiguos y los métodos modernos conviven con toda naturalidad.

Este año vendimió 450 kilos de uva.

Con ellos elaboró 300 litros de vino.

Vino blanco y rosado tradicional.

Trescientos litros.

Le pregunto si lo vende.

No.

Lo hace para él.

Por placer.

Y empiezo a comprender algo sobre ese hombre al que llevo tres años viendo desde mi ventana.

Casi todos los días, ahí va con su carretilla.

A veces lleva herramientas. Otras se dirige a cuidar las parras o a plantar unas cebollas, unos ajos o unas calabazas.

Siempre hay algo que hacer.

Y tiene ochenta y cuatro años.

Las cinco de la mañana

En un momento de la conversación, le pregunto a Rafael por qué sigue trabajando tanto.

Al fin y al cabo, está jubilado. Me cuenta que vive cómodamente. No tiene ninguna necesidad económica de pasar los días trabajando la tierra.

Podría, sencillamente, no hacer nada.

Su respuesta me hace sonreír.

—Porque si no, me aburro.

Y ya está.

Ningún discurso sobre la dignidad del trabajo. Ninguna gran teoría sobre cómo envejecer de manera saludable. Ningún intento de presentarse como ejemplo para las generaciones más jóvenes.

Se aburriría.

Y sigue levantándose a las cinco de la mañana.

Igual que durante los años en los que trabajaba en el bar.

Aunque, para ser exactos, me recuerda que cuando era pequeño a veces se levantaba un poco más tarde, porque su padre abría primero el establecimiento.

Me gusta ese detalle.

Incluso después de tantas décadas, quiere contar las cosas tal como fueron.

Hay una diferencia enorme entre el trabajo que Rafael hacía de joven y el que hace hoy.

Entonces trabajaba porque tenía que hacerlo.

Ahora trabaja porque quiere.

No pretende que su pequeño viñedo sea una explotación comercial. No dice ser un agricultor experto. Planta algunas cosas, cuida las parras y disfruta viéndolas crecer.

Y este año tiene 300 litros de vino esperándolo.

Me dice que piensa bebérselos.

—Si Dios me da salud.

Me río.

Después de todo lo que me ha contado sobre el trabajo duro, el ahorro y la responsabilidad, resulta maravillosamente reconfortante encontrarse con un hombre que elabora trescientos litros de vino y espera vivir lo suficiente para disfrutarlos.

¿Se vivía mejor antes?

Hay una pregunta que llevo un rato queriendo hacerle a Rafael.

Cuando mira hacia la Lanzarote de su infancia, ¿cree que entonces se vivía mejor?

Su respuesta me sorprende.

No.

Hoy se vive mejor.

No lo duda.

Recuerda demasiado bien lo que significaba vivir sin electricidad fiable, sin agua corriente, sin frigoríficos, sin esas comodidades cotidianas en las que apenas nos fijamos.

No siente nostalgia por la pobreza.

Pero cuando le pregunto si hemos perdido algo por el camino, su respuesta cambia.

La amistad, dice.

La amistad que había antes.

Recuerda a los vecinos que se ayudaban a construir tejados o a plantar cultivos. A las familias que se visitaban sin necesidad de hacer grandes planes. A las personas que sabían que podían contar unas con otras.

También recuerda el respeto, aunque no pretende que todo fuera mejor en el pasado.

Se esperaba que los hijos obedecieran a sus padres. A veces, reconoce, aquella obediencia nacía más del miedo que del cariño.

El pasado no fue ninguna edad de oro.

Simplemente era distinto.

Y quizá eso sea lo que más aprecio de los recuerdos de Rafael.

Es capaz de reconocer lo bueno de un mundo al que no necesariamente querría regresar.

Le pregunto por qué las personas se han vuelto más aisladas.

No está seguro.

Quizá sea, sencillamente, la manera en que ha evolucionado el mundo.

No hay una elaborada teoría social ni un culpable al que señalar.

Solo la observación de un hombre que ha visto cambiar la sociedad a lo largo de ocho décadas.

Hemos ganado comodidad, facilidades y posibilidades que sus padres apenas habrían podido imaginar.

Pero, en algún momento del camino, quizá nos hemos vuelto un poco menos dispuestos a llamar a la puerta del vecino.

O a abrir la nuestra.

Vuelvo a pensar en las peonadas.

Y en un hombre que, sin hacer ruido, nos trae verduras de su huerto.

El banco me paga a mí

Hay otra faceta de Rafael que me resulta fascinante.

Su relación con el dinero.

Tiene una regla.

Si quieres gastar diez euros, deberías tener veinte.

Me cuenta que nunca le ha gustado deber dinero. Todos los coches que compró los pagó al contado.

Entonces dice algo que me hace reír.

—El banco me paga intereses a mí. Yo no le pago intereses al banco.

Está bastante satisfecho con eso.

Algunas personas, me cuenta, piensan que es tacaño.

Él no está de acuerdo.

Se considera un buen administrador.

Y, mientras lo escucho, empiezo a ver hasta qué punto todo esto está relacionado con aquel niño al que le encantaban las matemáticas y con la lección de las hormigas de don Manuel.

Trabaja mientras puedas. Guarda algo para el futuro. No gastes lo que no tienes.

Por supuesto, no creo que fuera justo convertir la manera de administrar el dinero de Rafael en una receta financiera universal.

El mundo ha cambiado. El precio de la vivienda, los salarios y las oportunidades son distintos. Sus circunstancias eran las suyas, y el trabajo de Elena como maestra también contribuyó a la estabilidad económica de la familia.

Él mismo lo reconoce.

Pero la idea de fondo me parece interesante.

Para Rafael, administrar el dinero parece haber sido una forma de conservar su independencia.

Trabajó duro porque quería vivir bien, no porque creyera que la vida debía consistir únicamente en trabajar.

Y aquí debemos tener cuidado de no convertirlo en un santo.

Porque Rafael nunca fue un santo.

Al menos, no de esos solemnes y entregados a la renuncia.

Le encantaba jugar a las cartas, a veces apostando dinero.

Le gustaban las fiestas, bailar, salir con los amigos y coquetear con las chicas.

Se ríe al recordar lo difícil que era antes acercarse a una joven.

A veces, reconoce, un poquito de whisky le ayudaba a reunir el valor necesario para salir a bailar.

Disfrutaba de la vida.

Y no parece sentir la menor vergüenza por ello.

¿Por qué habría de sentirla?

Estamos hablando de un hombre que trabajaba jornadas extraordinariamente largas, pero que también encontraba tiempo para el fútbol, los amigos, las cartas y la diversión.

Entendía la responsabilidad.

Pero también entendía el placer.

Me parece una combinación mucho más interesante que cualquier retrato de un hombre que haya pasado ochenta y cuatro años haciéndolo todo correctamente.

Rafael ha vivido.

Y sigue disfrutando.

Una última pregunta

Hacia el final de nuestra conversación, le hago a Rafael una pregunta un poco peculiar.

Si pudiera sentarse a hablar con el Rafael de veinte años, ¿qué le diría?

A estas alturas, ya me ha contado tantas cosas.

Sobre los años posteriores a la guerra, el bar, su familia, su maestro, los estudios que no pudo continuar, las personas que lo ayudaron, los viñedos, el dinero que ganó y la vida que construyó.

Me pregunto si me ofrecerá algún consejo profundo.

Quizá algo sobre trabajar más.

O estudiar más.

O evitar errores.

Pero Rafael no necesita mucho tiempo para pensarlo.

—Vive la vida, pero sé responsable.

Vive la vida, pero sé responsable.

Es tan sencillo que casi me entran ganas de pedirle que lo explique un poco más.

Pero quizá no haya nada que explicar.

Un niño que empezó a trabajar a los doce años.

Un hombre que pasó más de cincuenta años detrás de una barra.

Un padre que se aseguró de que su hijo pudiera estudiar.

Un vecino que todavía se levanta a las cinco, empuja su carretilla por el camino y cultiva uvas para hacer un vino que no tiene ninguna intención de vender.

Un hombre al que le gustaban las cartas, las fiestas, el baile y la compañía de otras personas.

Que ahorraba dinero sin olvidarse de gastar una parte en vivir.

Y que, a sus ochenta y cuatro años, todavía espera disfrutar de otra copa de su propio vino.

Si Dios le da salud.

La próxima vez que vea a Rafael camino de su viñedo con esa carretilla, probablemente le diré las mismas palabras que llevo diciéndole desde hace más de tres años.

Buenos días, Rafa. ¿Qué tal?

Pero sospecho que lo miraré de una manera un poco distinta.

Y quizá ese fuera el sentido de hacerle todas aquellas preguntas.

No descubrir a un hombre extraordinario escondido detrás de una vida corriente.

Sino descubrir cuánto podemos aprender cuando, por fin, nos tomamos el tiempo de escuchar.

Vive la vida, pero sé responsable.